Por tanto, alentaos unos a otros, con estas palabras. I Tesalonicenses 4:18.-
Antes que el día despuntara, ya estábamos remando hacia el interior del gran Lago Villarrica, en la búsqueda del delicioso y apetecido Salmón. Éramos un trío de amigos, aficionados y expertos en el deporte. El pez que busca las aguas mas frías, solo sale a comer en las aguas superiores, antes que el sol caliente; luego dormita en las profundidades y nada le hace morder el anzuelo. Alegres conversando, remábamos por turnos procurando llegar lo mas lejos posible, antes que pescadores mas tardíos nos alcanzaran.Por fin despuntó el día, pero, a pesar de ser verano, éste era un día gris y frío. Miramos hacia el gran volcán al pié del lago, y con preocupación vimos que nubes negras y bajas pasaban rozando su cráter y avanzaban hacia el lago.Sabíamos lo que eso significaba. TORMENTA ¡!¿Qué hacemos? ¿Volvamos? No!!. Volver a esa altura sería imposible. El viento era contrario y solo dar vuelta la embarcación era peligro de zozobra. Solo una posibilidad. Seguir adelante, ofreciéndole la popa al viento y remar hasta la orilla contraria. El último cambio de remos, me tocó a mi, de ahí ya no pudimos mas turnanrnos pues el momento del cambio podíamos darnos vuelta. Empecé a remar tratando de dosificar las fuerzas. Sabía que serían horas hasta llegar. Las olas a nuestro lado eran montañas, pero, sentía las oraciones de mis compañeros a media voz pidiendo liberación y clamando por fuerzas para mi. Y, vaya si la necesitaba. Las palmas de mis manos ya habían perdido la piel y la sangre se escurría por los remos. Pero, las oraciones no cesaban y ya de uno escuchaba con llantos su plegaria pidiéndole a Dios fuerzas para mi. Hasta el día de hoy, aprecio esas oraciones; nos salvaron la vida. ¡Con cuanta intensidad subían ante Dios!
Estimado lector, quizá tu sabes de alguien que se está hundiendo en la vida, o puede ser tu propia experiencia. Busca el aliento de Dios, es un nuevo aliento, es una fuerza extra, no te dejes morir si lo haces, llegarás a la otra orilla y serás salvo.-
Osiel Ibáñez – Chile