Cuando mi espíritu se angustiaba dentro de mi, tu conociste mi senda.
Salmo 143:2
El día había sido hermoso, el sol resplandeciente en las montañas de la cordillera de Los Andes, ataviada como una novia hermosa en su blancura y pureza nos había deslumbrado con sus distintos matices. Ahora, ya cayendo la tarde, un nuevo espectáculo como otro capítulo de una obra magistral de teatro, se empezaba a revelar. Era el espectáculo de las sombras alargadas cuando el sol empezaba a esconderse en el horizonte; bello cenit, pero peligroso. Cuando el sol se esconde después de un día en la nieve, los ojos acostumbrados a la blancura inmaculada, de pronto quedan a oscuras como los de un ciego. La noche, se viene encima de pronto, y, las huellas y senderos desaparecen de nuestra vista como por milagro. Y, así nos sucedió. De pronto, todo era blanco-gris; los caminillos para bajar de la montaña eran todos iguales, no podíamos discernir cual era el correcto y, la oscuridad parece que galopaba mas rápida hacia el valle. Yo sabía que eran solo unos minutos los que nos restaban y luego, la noche. No quería ni pensarlo, había niños en el grupo y no teníamos ropa ni utensilios como para refugiarnos. Lo que había sido un paseo inocente programado en un arranque de improvisación, podía terminar en tragedia. Perdidos ahí, una noche sería fatal, mas de alguno no sobreviviría. Entonces la oración cumplió una vez más su tarea. ¡Señor sálvanos que perecemos! Y entonces como de la nada, apareció un esquiador rezagado y aún antes de preguntarle nos gritó, ¡por ahí no; 100 metros a la izquierda y luego recto!Y, desapareció. Seguimos el consejo y llegamos al refugio. Gloria a Dios.Tu también puedes orar : Señor Sálvame que perezco.-Ten por seguro que si lo haces, El proveerá la manera de contestarte, EN EL MOMENTO JUSTO.
Osiel Ibáñez - Chile